Silvia Menéndez: “Tenemos que aprender a convivir con los cambios tecnológicos sin perder nuestra humanidad”
La licenciada en Psicología Silvia Menéndez analizó en diálogo con La Nueva Radio Suárez los profundos cambios que atraviesan actualmente las formas de vincularse, a partir del avance de las nuevas tecnologías, la virtualización de la vida cotidiana y la transformación de los paradigmas sociales. Advirtió sobre la necesidad de encontrar un equilibrio entre los beneficios de estas herramientas y la preservación de los vínculos humanos, el contacto cara a cara y la vida comunitaria.
Menéndez explicó que actualmente conviven hasta cuatro generaciones dentro de una misma familia, cada una atravesada por paradigmas y formas de relacionarse muy diferentes. “Los tiempos sociales han cambiado vertiginosamente”, señaló, y remarcó que estos cambios se producen a una velocidad que muchas veces resulta difícil de acompañar desde el punto de vista emocional.
En ese sentido, sostuvo que las nuevas tecnologías modificaron prácticamente todos los ámbitos de la vida cotidiana: las relaciones de pareja, las amistades, los vínculos familiares, las relaciones laborales e incluso los espacios terapéuticos. Como ejemplo mencionó las entrevistas laborales, que cada vez con mayor frecuencia se realizan de manera virtual, y explicó que, si bien una pantalla permite observar gestos y expresiones, no es equivalente al encuentro presencial.
“Cuando yo miro a mi paciente en el consultorio, que lo miro a los ojos, hay una conexión que puedo captar mucho más fácil que si está mediada por un dispositivo”, explicó. Para la profesional, cada uno de estos pequeños cambios puede parecer insignificante, pero al multiplicarse por miles de situaciones cotidianas terminan modificando profundamente la manera en que las personas se relacionan.
La necesidad de encontrar un equilibrio
Frente a este escenario, Menéndez consideró que no se trata de rechazar la tecnología ni de pretender regresar a formas de vida del pasado. “No podemos tirar la digitalización ni los cambios tecnológicos”, afirmó, por lo que el desafío consiste en aprender a convivir con ellos.
En este proceso, propuso rescatar “lo mejor de cada casa”: tomar aquello que cada generación aprendió de sus propios paradigmas y utilizarlo para atravesar esta etapa de transición. Según explicó, las generaciones mayores son las que enfrentan mayores dificultades para adaptarse porque fueron educadas bajo códigos sociales diferentes, mientras que para las generaciones más jóvenes muchas de las transformaciones actuales constituyen algo absolutamente natural.
“Al cerebro no le gusta cambiar todos los días”, señaló, al explicar que las personas tienden a aferrarse a hábitos y formas conocidas de desenvolverse. Sin embargo, la velocidad de los cambios tecnológicos obliga permanentemente a adaptarse a nuevas herramientas y nuevas formas de comunicación.
La psicóloga planteó que esta situación también genera una convivencia inédita entre distintas generaciones. Una persona de 90 años, por ejemplo, atravesó durante su vida transformaciones sociales, culturales y tecnológicas enormes, mientras que un joven de 20 años nació prácticamente dentro de este nuevo paradigma.
“Somos seres de colectivo”
Uno de los principales puntos de preocupación planteados por Menéndez tiene que ver con la pérdida progresiva del contacto humano directo. La profesional recordó que los seres humanos son seres sociales y que históricamente la vida en comunidad fue fundamental para la supervivencia y la evolución.
“Somos seres de hordas, somos seres de colectivo”, resumió, al remarcar que la construcción comunitaria permite compartir esfuerzos, dificultades y también avances.
En ese sentido, advirtió que la digitalización puede ofrecer enormes posibilidades, pero también generar un desplazamiento de aquellas experiencias sociales que históricamente formaron parte de la vida cotidiana. La conversación cara a cara, la mirada, el encuentro, el movimiento corporal y la participación en espacios comunitarios son elementos que, según explicó, continúan siendo importantes para el desarrollo humano.
Como ejemplo extremo de esta necesidad de contacto social, mencionó los proyectos que buscan establecer colonias humanas fuera de la Tierra. Más allá de las condiciones materiales necesarias para sobrevivir, planteó que uno de los grandes desafíos sería determinar si las personas podrían sostener emocionalmente una vida alejadas del tejido social habitual.
“Respirás igual, comés igual, pero lo social te da un plus”, afirmó.
La mirada y el contacto con el otro
Menéndez también hizo referencia a la importancia de los mecanismos sociales que se producen incluso de manera inconsciente. Explicó que cuando una persona tiene a otra delante, determinadas expresiones y emociones se transmiten automáticamente.
Mencionó, por ejemplo, el funcionamiento de las llamadas neuronas espejo: ante la sonrisa de otra persona, nuestro propio cerebro tiende a reproducir esa expresión. Para la psicóloga, este tipo de intercambio demuestra que el contacto humano tiene componentes que no pueden ser completamente reemplazados por una pantalla.
En relación con los niños y adolescentes, señaló que docentes y adultos observan cada vez con mayor frecuencia dificultades para sostener la mirada o para vincularse de la manera en que lo hacían generaciones anteriores. Sin embargo, aclaró que estas capacidades no desaparecen, sino que pueden perderse por falta de práctica. “Lo están perdiendo por falta de práctica, pero no se borra de sus genes”, explicó.
A su entender, esto puede contribuir a generar vacíos existenciales que aparecen especialmente durante la adolescencia, etapa en la que los jóvenes comienzan a expresar de distintas maneras sus interrogantes respecto de la sociedad y del mundo que los rodea.
El desafío de los adultos frente a las nuevas generaciones
En este punto, Menéndez consideró fundamental recuperar el papel de los adultos como referentes. Los niños y adolescentes necesitan acompañamiento para poder comprender el mundo en el que están creciendo, pero también necesitan espacios donde puedan desarrollar otras formas de vinculación.
La profesional observó que los niños actuales tienen una relación muy diferente con el juego. Mientras generaciones anteriores buscaban trepar árboles, correr, andar en bicicleta o jugar en espacios abiertos, hoy muchos niños reclaman consolas, videojuegos y dispositivos electrónicos.
“Si vos no se lo das, te dicen: ‘esto es aburrido, yo me aburro’, y tiene razón porque no conoce otra cosa”, explicó.
Sin embargo, consideró que no todo uso de la tecnología debe ser interpretado de manera negativa. Durante la entrevista relató una situación en la que un joven le mostró una actividad que se desarrolla en espacios públicos y que es cuestionada por algunos adultos en redes sociales. Para Menéndez, si esa actividad permite que los jóvenes salgan de sus habitaciones, se muevan, jueguen y compartan con otros, constituye una oportunidad positiva. “No me importa el nombre que le pongan. El adolescente, mucho más el niño, necesita moverse”, sostuvo.
La profesional destacó que el movimiento corporal es fundamental para el aprendizaje y el desarrollo y que, por lo tanto, cualquier actividad que permita recuperar cierta interacción física y social puede ser valiosa.
El regreso de espacios de encuentro
Otro de los aspectos que llamó la atención de Menéndez es la recuperación de espacios que permiten un contacto más directo entre las personas. En ese sentido, mencionó el creciente interés de algunos jóvenes por participar en peñas folclóricas o de tango.
Lejos de considerarlo una moda pasajera, interpretó este fenómeno como una expresión de una necesidad humana profunda: encontrarse con otros, conversar, mirarse, bailar y compartir un espacio físico. “Ese ser humano necesita conectarse y vincularse con otros seres humanos”, afirmó.
Según su mirada, este tipo de encuentros ofrecen códigos de relación diferentes a los que predominan en otros espacios sociales. La conversación, el baile y el contacto cara a cara permiten recuperar experiencias que se fueron perdiendo progresivamente.
En contraposición, observó que algunos espacios tradicionales de encuentro, como los boliches, también cambiaron considerablemente y que muchas veces la dinámica actual dificulta la posibilidad de establecer vínculos genuinos.
Cuatro generaciones atravesadas por cambios diferentes
Menéndez insistió en que para comprender esta transformación es necesario tener en cuenta que no existe una única experiencia generacional. Una persona de 24 años puede tener un paradigma social y tecnológico diferente al de alguien de 17, mientras que ambos pueden estar muy alejados de las experiencias de sus padres o abuelos.
Esta convivencia de generaciones con códigos diferentes genera tensiones, pero también representa una oportunidad para aprender unos de otros.
La psicóloga planteó que, con el paso del tiempo, las nuevas formas de relacionarse probablemente se naturalicen y las diferencias generacionales disminuyan. Sin embargo, advirtió que el momento actual constituye una etapa de transición particularmente compleja porque las personas tienen que adaptarse permanentemente a modificaciones que ocurren a gran velocidad.
Por eso, consideró necesario que la sociedad se detenga a reflexionar sobre hacia dónde se dirige. “Si nosotros no nos sentamos, no nos reunimos a hablar de cómo vamos a sobrevivir a eso, nos lleva puestos”, expresó.
La tecnología no es el problema, sino cómo la incorporamos
Durante la entrevista, Menéndez evitó plantear una mirada simplista en la que la tecnología aparezca como enemiga. Por el contrario, señaló que las herramientas digitales forman parte de la realidad y que no existe posibilidad concreta de eliminarlas.
El desafío está, entonces, en el uso que las personas hacen de ellas y en la capacidad de conservar espacios de contacto humano. “Tenemos que aprender a convivir con eso”, insistió.
Para la profesional, el problema aparece cuando la virtualización comienza a ocupar todos los espacios y desplaza aquellas experiencias que permiten construir comunidad. La pantalla puede comunicar, entretener, informar y conectar, pero no debería reemplazar completamente el contacto con otras personas.
En este sentido, llamó a recuperar actividades sencillas: conversar, compartir una comida, encontrarse, moverse, bailar, jugar, mirar al otro a los ojos y participar de espacios colectivos.
Una sociedad que necesita volver a mirarse
Hacia el final de la entrevista, Menéndez sostuvo que los cambios tecnológicos no pueden analizarse únicamente desde la comodidad o las ventajas que ofrecen. También es necesario observar qué efectos producen en las relaciones humanas y en la salud mental.
“Ya sabemos cómo está la salud mental en el mundo completo”, advirtió, planteando que los efectos de esta transformación social requieren ser discutidos de manera colectiva.
La profesional consideró que cada generación está haciendo “lo que puede con las herramientas que tiene” y que no se puede pretender una adaptación inmediata a transformaciones que se producen a una velocidad inédita.
Por eso, más que rechazar el presente, propuso comprenderlo y generar espacios de diálogo. “Tenemos que hablar de lo que pasa”, afirmó, invitando a mirar críticamente los cambios, compartir perspectivas y preguntarse qué aspectos de las formas tradicionales de vincularse vale la pena conservar.
El desafío, según Silvia Menéndez, no pasa por detener el avance tecnológico, sino por evitar que en ese proceso se pierda aquello que caracteriza esencialmente a las personas: la capacidad de encontrarse, de compartir con otros y de formar parte de una comunidad.
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