Mariano Irigoyen: de tocar con Nito Mestre a perder la audición casi totalmente y volver a tocar la batería como músico profesional enseñando a sordos e hipoacúsicos
Es una persona especial, que abre caminos y teje puentes para otras personas, desde sus propias vivencias y aprendizajes. En talleres que lleva adelante por todo el país enseña todo lo que aprendió en cursos de reeducación auditiva.
Tiene 51 años, es abogado, músico, docente, y tiene una hipoacusia severa bilateral. Con el 30 por ciento de audición en sus oídos, amplificados con audífonos, enseña a niños, jóvenes y adultos, con cualquier condición, su pasión por la música, transmitiendo lo que aprendió en su camino de superación.
Era un joven baterista en la banda de Nito Mestre hacia fines de la década del ´90. Venía notando que cada vez necesitaba mayor amplificación para oír. Pero la verdad le llegó en momentos en que estaba grabando para el disco “Colores Puros”. Era marzo de 1998, cuando tuvo que aceptar lo evidente: oía muy poco, imposible seguir siendo músico.
Ese día fue, por los próximos 10 años, la última vez que tocó la batería. Tendría que pasar ese tiempo forjando una nueva construcción de sí mismo, para que Mariano Irigoyen se volviera a encontrar con el músico que habita en él desde los 4 años de edad.
Ahí es cuando pensó que todo lo que había aprendido con su disminución auditiva primero, y la reeducación posterior, lo podía transmitir a otros, a personas sordas e hipoacúsicas, o, como le ha sucedido en los últimos talleres, a personas con diferentes condiciones que se acercan para conocer que las barreras se pueden sortear.
Mariano Irigoyen expresa con su propia vida lo que enseña. Se puede disfrutar de la música y hacer música aún a pesar que la audición sea escasa o inexistente.
Para poder volver a tocar realizó un taller de reeducación auditiva. Es ese el trabajo que hace en los talleres que va dictando por todo el país, trabajando incansablemente para la inclusión. Su proyecto se llama “Música para Creer y Crecer”, donde la música entra por otros sentidos: las vibraciones que se perciben en los músculos y los huesos, la vista, el tacto, las luces. Haciendo música más allá de la posibilidad de los oídos, demostrando que se puede hacer música y sentirla aun cuando haya una disminución severa o pérdida total de la audición.
Contó en una entrevista con La Nueva Radio Suárez que hace unos años estuvo en el Mercado de las Artes haciendo música con Nito Mestre. “Hace muchos años estaba ensayando y me di cuenta que estaba escuchando mucho menos los monitores”. Aclara que no es sordo, sino hipoacúsico bilateral severo. “Al cabo de 8 meses me di cuenta que era imposible seguir tocando con los monitores que habitualmente usaba antes. Ahí empecé mi segunda vida”, como le gusta decir.
¿Por qué le pasó esto? Responde que “por un lado, un trauma acústico de tercer grado. Yo toco la batería desde que tengo 4, 5 años, pero, además, el uso de parlantes y todo lo que son los equipos. Más los equipos y todo lo que uno escucha en grandes recitales de rock”. Pregona para todos los que van a los boliches y están horas “escuchando música al re palo, les digo que no es necesario tanto volumen. Hay que cuidarse los oídos cuando uno es joven”. Por otro lado, hay que sumar un componente propio, ya que como le dijo el médico, “hay gente que escucha música toda su vida y no le pasa nada, y otros, que como me pasó a mí, sumado a que soy alérgico, sumó una multiplicidad de factores, provocando la hipoacusia severa”.
“No dejé de hacer nada”, expresó. Además de música, relata que es abogado, así que da charlas y clases, y es profesor en una facultad. Dice que lo que tiene “es una dificultad, como tienen millones de personas, y cada uno lo enfrenta como puede”.
Cuando reconoció que tenía una severa disminución auditiva era justo un momento muy importante de su carrera musical: “Veníamos muy embalados. Veníamos de tocar con Nito en muchos lugares. Entre otros, habíamos tocado en River Plate cuando vino Paul McCartney a la Argentina; habíamos sido sus teloneros las tres noches en las que actuó. Lo conocí a Paul McCartney con 22 años, así que no se imaginan el embale que tenía en ese momento”.
Luego vinieron “diez años de silencio”, relata, hasta que después, en un momento, se dijo: “Tengo que empezar a tocar otra vez”. Con audífonos se le hacía muy difícil, por lo que fue a ver a diferentes especialistas hasta que dio con la persona indicada: “Hice un trabajo de reeducación auditiva, de cómo escuchar y hacer música con audífonos o sin ellos, utilizando otras cosas. Empecé como de cero. Trabajamos con bombos legüeros, con vibraciones, con placas puestas en el piso, con cajones peruanos, con bajos eléctricos que dan mucha vibración”, cuenta. Ese trabajo que hizo para él, “un día se me ocurrió hacerlo para ayudar a los chicos que quieran hacer música. Para que aquellos que tenga una pérdida auditiva sepan que pueden hacer música”.
En estos momentos está haciendo una gira por Chubut, que empezó a principios de año. Cuenta que fueron a Puerto Madryn, Trelew, Gaiman, Rawson, y en agosto hará toda la zona de la Cordillera con estos talleres. “Para mí, significó sanar la cicatriz. Cicatrizar la herida, reconciliarme con mi pasado. Yo estuve 8, 10 años negando mi condición de músico. Hasta que un día me dije que la tenía que contar y la tenía que asumir. Eso me llevó a hacer los talleres”. Estuvo en Chile, Colombia, Cuba, Uruguay, Perú y en diferentes lugares de Argentina.
Mariano Irigoyen cuenta con un grupo de gente que se ha ido sumando a su proyecto. Y que, en los últimos talleres, “no solo se acercó gente sorda o hipoacúsica. El otro día tuvimos gente con otras dificultades o discapacidades. Yo no soy docente de música especial, simplemente transmito lo que me pasó, hago trabajo con los chicos o las personas que van. Y se viene sumando un montón de gente”.
En cada encuentro sucede “una interacción maravillosa, con toda la gente que está interesada, con las familias que están interesadas”. La base del taller está fundada en una serie de ejes. “Uno de ellos es la inclusión desde el amor, la alegría, el abrazo, la compañía, la diversión. A la gente le pasa eso, se hace como una simbiosis emocional. La gente se acerca y se engancha emocionalmente”. Las dos cosas básicas para la inclusión “son la paciencia y el amor. Son las dos cosas fundamentales a tener en cuenta”.
A Mariano músico, docente, persona, dice que, en cada taller, le pasan tantas cosas, “que en un punto se me hace como inexplicable. Me sensibiliza ver cómo los chicos, con algunas dificultades, enganchan en los talleres. Ese abrazo, ese afecto. Que los chicos estén esperando el taller. Es una de las experiencias más conmovedoras de mi vida. Esa es la verdad. Te toca el alma, indescriptiblemente”.
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