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Alimentación en la primera infancia: el eje cerebro–intestino que define la salud futura

La pediatra Marta Travería visitó los estudios de la Radio y explicó por qué la alimentación en los primeros años no solo impacta en el crecimiento físico, sino también en el desarrollo neurológico y emocional de los chicos.

“La alimentación es uno de los pilares más importantes de la vida saludable, porque es de las pocas cosas que realmente podemos elegir”, sostuvo la médica pediatra Marta Travería al comenzar la entrevista. Y no es una afirmación menor: hoy la ciencia respalda con evidencia lo que ya afirmaba Hipócrates hace más de dos mil años: que el alimento puede ser también medicina.

El eje cerebro–estómago–intestino

En los últimos años, la neurociencia puso el foco en el llamado eje cerebro–sistema digestivo, una conexión directa que se da a través del nervio vago y que demuestra que lo que sucede en el intestino influye de manera determinante en el cerebro.

“El intestino tiene millones de neuronas y una enorme cantidad de bacterias. Hoy sabemos que tenemos casi tantas bacterias como células en el cuerpo”, explicó Travería. Esa comunidad bacteriana —hoy denominada microbiota intestinal— cumple funciones esenciales: ayuda a absorber nutrientes, fortalece el sistema inmunológico y produce neurotransmisores.

Entre ellos, la serotonina —conocida como la “hormona de la felicidad”—, cuyo mayor porcentaje se produce en el intestino, y el GABA, que interviene en la regulación de la ansiedad. “Para que estos neurotransmisores se produzcan adecuadamente necesitamos bacterias bien alimentadas, y eso depende directamente de la calidad de los alimentos que ingerimos”, remarcó.

La lactancia, primera gran colonización

La construcción de una microbiota saludable comienza desde el nacimiento. “Los primeros seis meses el bebé no necesita más que lactancia materna”, señaló. La leche materna no solo aporta nutrientes, sino también las primeras bacterias que colonizan el tubo digestivo y estimulan el sistema inmunológico.

Ese proceso inicial es clave para la maduración de las defensas y para el desarrollo neurológico. Por eso, incluso cuando comienza la alimentación complementaria, la lactancia no debe suspenderse.

Hábitos que impactan a largo plazo

Travería fue clara: la alimentación temprana no solo influye en el presente, sino también en la prevención de enfermedades crónicas inflamatorias en la adultez. “Las células se inflaman crónicamente cuando no reciben los nutrientes adecuados, y ahí comienzan muchas enfermedades”, explicó.

Por eso insistió en priorizar una alimentación variada, rica en verduras, frutas, legumbres, carnes y pescado, y en restringir azúcares y harinas refinadas en los primeros años. “El chico no necesita azúcar. No va a ser más feliz por comer un alfajor”, afirmó.

La infancia es una ventana de oportunidad única: lo que se aprende y se incorpora en esos años puede moldear no solo el paladar, sino también la salud física y emocional de toda la vida.