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La Cuaresma: un tiempo para volver al corazón

En los estudios de la radio recibimos al diácono Alberto Seguí para reflexionar sobre el inicio de la Cuaresma, que comenzó el miércoles 18 con la celebración del Miércoles de Ceniza. Un tiempo que, como explicó, forma parte de ese ciclo que marca la vida misma: “La vida tiene sus estaciones, el año tiene sus estaciones, y la fe también”.

La Cuaresma es, ante todo, un tiempo de preparación, de revisión interior y de conversión. El Papa —recordó Seguí— propone dos consignas claras: escucha y ayuno.

Escuchar en un mundo que no escucha

“Nos cuesta escuchar”, afirmó el diácono. En una sociedad atravesada por la inmediatez y las redes sociales, muchas veces queremos responder, opinar o solucionar rápidamente, cuando lo más fructífero puede ser simplemente escuchar.

Escuchar sin prejuicios. Escuchar sin juzgar. Escuchar sin interrumpir.
Porque —advirtió— cuando juzgamos, nos colocamos en el lugar de Dios. “Dios es el único juez. ¿Quiénes somos nosotros para ocupar ese lugar?”

El verdadero ayuno

Sobre el ayuno, Seguí explicó que no se trata solamente de privarse de alimentos —aunque esa práctica también tiene valor— sino de algo mucho más profundo: ayunar de palabras que hieren, de críticas, de prejuicios, de intromisiones en la vida ajena.

“Es más fácil dejar de comer algo que dejar de criticar”, señaló. Y remarcó que la propuesta cuaresmal invita a mirarse hacia adentro antes que señalar las miserias de los demás.

Cada año volvemos a escuchar el mismo llamado, pero no somos los mismos. “Soy el mismo, pero con otras problemáticas”, reflexionó. Por eso la Cuaresma no es repetición, sino una nueva oportunidad de conversión personal.

El sentido del Miércoles de Ceniza

El signo de la ceniza tiene profundas raíces bíblicas. En la antigüedad, cuando había duelo, arrepentimiento o necesidad de conversión, las personas se cubrían con ceniza y vestían ropas humildes como expresión de dolor y penitencia.

“La ceniza mancha, ensucia; es volátil. Así es nuestra vida”, explicó el diácono. Es un signo —no algo mágico— que expresa nuestra fragilidad y nuestra necesidad de ser limpiados por Dios.

“Jesucristo murió en la cruz por cada uno. No murió ‘por todos’ en abstracto; murió por mí, por cada uno, incluso con el riesgo de que le demos la espalda”.

Más allá del cumplimiento

Consultado sobre la vivencia actual de la fe, Seguí señaló que no se trata de comparar épocas. “Antes era distinto. Nos educaron mucho en el cumplir: había que ir a misa, había que ayunar, había que abstenerse. Pero el centro es el encuentro personal con Jesús”.

De nada sirve cumplir externamente si en el corazón no hay perdón ni amor. El mensaje central de Jesucristo —subrayó— es el amor, y un amor que incluye perdonar, incluso al enemigo. Algo humanamente difícil, por lo que necesitamos la gracia de Dios.

“Si pusiéramos en práctica un solo principio de Jesús —hacer al otro lo que me gustaría que me hagan a mí— se resolverían miles de problemas”.

Un camino de sanación

La Cuaresma invita a recorrer el propio viacrucis interior. Reconocer heridas, rencores, envidias, divisiones. Cuando la persona se anima a mirar su propia miseria con humildad, Dios comienza a sanar.

“No hay gloria sin cruz”, recordó. Después del dolor, de la pérdida o de la prueba, viene la luz. Y esa gloria no es solo la del cielo; también aquí, en la tierra, Dios puede sacar algo bueno incluso de las situaciones más trágicas.
“La Iglesia es portadora del mensaje, pero el perdón y la sanación vienen de Jesucristo”, afirmó.

Una invitación abierta

El diácono extendió una invitación especial a quienes hace tiempo se han alejado o sienten que no tienen lugar: “Hay un lugar para todos. Somos hijos amados”.

Durante este tiempo de Cuaresma se celebran misas todos los días a las 7 de la mañana y a las 20 horas (luego el horario pasará a las 19). Media hora antes se reza el Vía Crucis, recorriendo y meditando el camino de la cruz.

La Cuaresma es, en definitiva, una nueva oportunidad. Un llamado a la humildad, al perdón y al amor. Un tiempo para volver al corazón y dejar que Dios lo transforme.