16/11/2020RELIGION

El suarense Andrés Rodríguez fue ordenado Diácono en la Parroquia San José de Calasanz

En una ceremonia oficiada por el Arzobispo emérito de la arquidiócesis de Tucumán, Alfredo Horacio Zecca, el joven suarense Andrés Rodríguez fue consagrado Diácono junto a otros dos seminaristas que lo acompañan en su trayecto hacia el sacerdocio, Joaquín Spina Fernández y Agustine Surek Kumar.

La celebración religiosa tuvo lugar en la Parroquia San José de Calasanz de la ciudad de Buenos Aires en la mañana del domingo y fue transmitida al público por el canal de YouTube de la parroquia anfitriona en el marco de las disposiciones sanitarias por Covid-19.

En la previa, durante la tarde del sábado, Andrés Rodríguez de Cristo profesó su solemne consagración a la Orden de las Escuelas Pías en el mismo templo.

Días antes de su consagración diaconal, La Nueva Radio Suárez entrevistó al suarense Andrés Rodríguez para conocer cómo hizo este proceso de elección tan particular del sacerdocio y cómo se siente a días de esta consagración.

“Viajé a Buenos Aires para estudiar Comunicación Social, hice el CBC y el primer año de la carrera. Yo ya estaba con algunas inquietudes de la vida sacerdotal, la vida religiosa. Aquí en Buenos Aires entré en contacto con la Orden, lo que acrecentó un poco el deseo de seguir este camino. El Señor fue haciendo lo suyo también. Hace unos ocho años que estoy en la comunidad religiosa”.

Cuenta Andrés Rodríguez que “siempre hubo en el seno de mi familia, y en los ambientes en los que yo estaba, una propuesta y una vivencia de la fe católica muy clara, muy viva, que hizo que Dios siempre fuera parte de mi vida, desde la niñez. Evidentemente con la adolescencia, con la juventud, todas esas cosas se ponen un poco en jaque, lo que es sumamente normal. Al venir a Buenos Aires, salir de mi ciudad adonde todo era conocido e íntimo, me encontré un poco desestabilizado en las ideas que yo tenía y en lo que me imaginaba sobre la vida. Al estar acá en Buenos Aires me daba mucho dolor ver la injusticia. Me llamaba la atención los niños que vivían en la calle y que trabajaban. Y muchas cosas, que fueron suscitando la posibilidad de dar una respuesta. Y darme cuenta que yo, siendo comunicador social, que era donde podía hacer muchas cosas buenas para visibilizar y solucionar esos problemas, pero que esas cosas me dolían y clamaban a mi corazón. Dentro mío había un llamado que no tenía que ver con una profesión, solamente, sino con una vocación, con una entrega total de la vida”.

Así comenzó “a imaginar y a pensar, que dentro de todo eso había un llamado de Dios. Empecé a rezarlo, a charlarlo con personas que saben y que me guiaron espiritualmente en eso. E ir encontrando que todo en mi vida, como las cosas que yo había recibido de niño en mi familia, como los anhelos que yo tenía como joven, y mis deseos de transformar, cambiar la realidad, ayudar a los otros, se encauzaban en una consagración total”.

Expresa que la Orden de los Escolapios se dedica a la educación de los niños y de los jóvenes (antes del llamado telefónico para hacer la nota, el martes, había terminado de dar clase a niños de un segundo grado), y que también tienen un hogar, en el que trabajan con niños de una villa de Buenos Aires.

“Hay una consonancia muy fuerte también en esto de querer cambiar las cosas, mejorar y ayudar a otros. Dedicarme, en la iglesia, a la educación de los más niños, ha sido también una cuestión que encontré en Buenos Aires y que me ayudó a cristalizar la vocación que Dios había pensado para mí”.

Consultado si alguna vez lo asaltó la duda, ante tamaña decisión de vida, dice que “una duda que me acude, sobre todo en estos tiempos, es si soy digno, si estoy preparado o si estoy a la altura de tan gran ministerio, de tantos regalos, de ser mediador entre Dios y los hombres. Y bueno, un poco que jugamos con esa indignidad, con saber que somos una vasija de barro, en la cual recibimos un gran tesoro y que eso siempre tenemos que tenerlo en cuenta. Que somos seres humanos, con todo lo maravilloso y todo lo trágico que también eso tiene. Ciertamente que esa es, tal vez, la duda principal o la piedra que uno se encuentra más recurrente”.

“Hay que tener en cuenta que seguimos siendo seres humanos, con todo lo maravilloso y todo lo trágico que también eso tiene. Ciertamente, esa es tal vez la duda principal o la piedra que uno se encuentra en forma más recurrente. El preguntarse si está preparado, si es digno, si verdaderamente Dios me está llamando a mí o no. Y junto con esto, la invitación a renovar el camino, la historia que Dios ha recorrido con uno. No por nada todos estos procesos de formación religiosa son muy largos en el tiempo. Para ser sacerdote, generalmente, estamos en los 9 o 10 años de formación. No solamente porque hay mucho que estudiar, muchos libros que leer, sino también porque hay mucho que preparar en el corazón. Y hay que darle tiempo al tiempo para que esta decisión se vuelva cristalina y uno pueda ubicar las dudas en el corazón; si son grandes o parten más de los propios miedos, indecisiones, etc.”.

Como joven que va camino al sacerdocio, habla sobre las cosas que lo hacen feliz y las que lo ponen triste.

“Me hace muy feliz el ministerio, el trabajo que tengo. Es un trabajo fatigoso –la escuela lo es, más ahora que estamos con esto de lo virtual, y hay mucho de escritorio, estar sentado, planificar, corregir-, pero es algo que me hace muy feliz. Logro ver el aporte concreto que tiene para los alumnos. Veo su crecimiento, felicidad, ganas de crecer, su capacidad de sobreponerse a esta situación tan especial. Eso, ciertamente, me hace muy feliz. Es la misión a la cual Dios me llama: educar en la iglesia”.

También dice Andrés que le hace muy feliz “la vida compartida con mis hermanos. Aquí somos 15 religiosos, en Argentina somos un poco más de 35. Somos una familia religiosa más bien pequeña, pero hay mucho que compartimos, como uno trata a sus hermanos de sangre. Mucho que compartimos espiritualmente, una misma opción vital, una misma consagración, en el mismo ministerio”.

Indica que estos días –previos a su consagración- ha estado muy acompañado por sus hermanos y por sus alumnos: “eso ha sido una gran bendición”.

Lo que lo pone triste, es “toparme con mi propia pequeñez, mi propia pobreza. Darme cuenta también de la acción que el pecado tiene en mi vida. Que es una lucha cotidiana y constante, de batallar con los propios desórdenes. Es una tristeza esperanzada, porque uno sabe que Dios obra. Y también me da tristeza, en el marco de la situación en la que vivimos como Nación, como Patria, el abandono de los vínculos familiares, el desprecio a la educación, a la niñez en general. De la cantidad de adolescentes que están mal porque sus padres están separados o que, estando juntos, no reparan en ellos. El gran dolor profundo que hay en la humanidad, que no es un dolor que tiene que ver con lo económico, sino que tiene que ver con lo afectivo, lo interior. Eso me genera tristeza y dolor. Pero también son fuente de motivación, al pensar que entrego mi vida y trabajo, y rezo, porque quiero ponerme en acción para poder hacer algo para consolar, bendecir, animar esas realidades”, finalizó Andrés Rodríguez.