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Mónica Durand, el recuerdo de sus 28 años al frente del Taller Protegido: “Cada legajo es una historia”

En el marco de los 40 años del Taller Protegido, Mónica Durand, quien fue directora de la institución durante 28 años, compartió un emotivo mensaje en el que recorrió parte de la historia de la entidad, recordó a quienes hicieron posible su crecimiento y puso en valor el acompañamiento, la capacitación y el compromiso con cada uno de los operarios.

Hablar de los 40 años del Taller Protegido también significa recorrer una parte fundamental de su historia. Y en ese camino, la presencia de Mónica Durand, quien estuvo durante 28 años al frente de la institución, ocupa un lugar especialmente significativo.

Invitada a compartir unas palabras durante el acto aniversario, reconoció desde el comienzo que se trataba de un momento atravesado por la emoción y la memoria.

“Emoción, memoria, dos enemigos para mí en este momento”, expresó, anticipando un recorrido que combinó recuerdos personales con distintos momentos que marcaron la evolución del Taller.

Los primeros pasos de una institución

Durand recordó que los orígenes del proyecto se remontan a un grupo de personas que buscaba generar una alternativa para jóvenes egresados de la Escuela Especial, de manera que pudieran contar con una salida laboral y una formación para el trabajo.

La institución fue tomando forma a partir de aquel proyecto y de la organización de quienes entendieron que era necesario crear un espacio específico para acompañar a estos jóvenes.

También destacó la importancia de la obtención de la personalidad jurídica, un paso fundamental para consolidar institucionalmente el Taller y darle una estructura que permitiera proyectar su crecimiento.

Fue en ese contexto cuando llegó su incorporación como directora.

Durand contó que, en aquel momento, su formación no estaba vinculada específicamente con la educación especial y que inicialmente la tarea representaba un enorme desafío.

Sin embargo, fueron los propios operarios quienes terminaron de conquistarla para ese trabajo.

Recordó aquellos primeros momentos en los que, mientras intentaba organizar el funcionamiento de la institución, los jóvenes se acercaban a su oficina para presentarse.

“Ahí empieza el gran amor”, resumió, al recordar cómo nació su vínculo con el Taller y con quienes serían protagonistas de tantos años de trabajo.

Crecer con el acompañamiento de toda la comunidad

Para Durand, el Taller Protegido nunca fue una construcción individual. Su crecimiento fue posible gracias al acompañamiento de toda la comunidad, de las instituciones y de las personas que se fueron acercando a lo largo del tiempo.

Recordó especialmente los primeros espacios donde funcionó la institución y el apoyo recibido de otras entidades que brindaron lugares y contención para que el proyecto pudiera avanzar.

Con el paso de los años, llegó la necesidad de contar con un edificio más amplio.

Durand recordó el proceso que permitió avanzar hacia la construcción de la actual sede y destacó el esfuerzo de quienes hicieron posible que aquel nuevo espacio pudiera concretarse.

La colocación de las piedras fundamentales se produjo en 1998 y posteriormente comenzó una nueva etapa para la institución.

Pero el desafío no terminaba con tener un edificio. Había que equiparlo, acondicionarlo y transformarlo verdaderamente en un lugar de trabajo.

“Había que vestirlo”, recordó Durand, explicando que aquel edificio amplio y confortable inicialmente estaba prácticamente vacío y requería herramientas, equipamiento y todo lo necesario para desarrollar las actividades.

El aporte de padrinos y colaboradores

En ese proceso tuvo un papel importante el acompañamiento de particulares, familias y empresarios que decidieron colaborar con el Taller.

Durand recordó especialmente a quienes se transformaron en verdaderos padrinos de la institución, aportando recursos y ayudando a concretar proyectos.

Entre ellos mencionó a distintas familias y colaboradores que acompañaron la adquisición de herramientas y equipamiento.

Uno de los conceptos que destacó fue que muchas veces la colaboración no consiste simplemente en entregar algo, sino en pensar junto con la institución qué necesita, elaborar un proyecto y darle forma para poder concretarlo.

Ese acompañamiento permitió que el Taller fuera incorporando las herramientas necesarias para que los operarios pudieran desarrollar sus capacidades.

Capacitación y cuidado

Otro de los aspectos centrales de su relato fue la capacitación.

Durand explicó que trabajar con determinadas herramientas implicaba también asumir responsabilidades y cuidados especiales, por lo que fue necesario formar a los operarios para que pudieran utilizarlas correctamente.

En ese sentido, puso en valor la articulación con instituciones educativas y espacios de formación que permitieron fortalecer la capacitación de quienes trabajan en el Taller.

Mencionó particularmente la participación de docentes y profesores que permitieron incorporar prácticas y conocimientos vinculados con la educación especial.

Para Durand, esa tarea de formación es permanente. Y allí dejó uno de los conceptos más fuertes de su intervención: “Cada legajo es una historia. Cada legajo es una situación en particular”.

Con esa frase resumió la necesidad de comprender que no todos los operarios tienen las mismas posibilidades ni evolucionan de la misma manera.

Por eso, sostuvo que el acompañamiento debe ser individualizado y permanente, atendiendo tanto los progresos como las dificultades que pueda atravesar cada persona.

Una institución que acompaña

También destacó la importancia de la articulación entre la Escuela Especial, el Taller Protegido y otros espacios de acompañamiento, entendiendo que cada uno cumple una función diferente dentro de la trayectoria de las personas con discapacidad.

En ese sentido, subrayó que el trabajo no termina simplemente con el ingreso al Taller, sino que requiere un acompañamiento permanente.

“Cada progreso, cada pestañeo, de los chicos, es importantísimo”, expresó, poniendo en palabras el valor que tienen los pequeños avances cotidianos.

Una despedida que llegó en tiempos difíciles

Durand también recordó su propia salida de la institución, que se produjo poco antes de la pandemia.

Explicó que el proceso de traspaso de conocimientos hacia quien la sucedió tuvo que realizarse en un contexto completamente inesperado, con reuniones y trabajo a distancia debido a las restricciones sanitarias.

Su despedida del Taller, entonces, estuvo atravesada por una circunstancia excepcional.

Pero cuatro décadas después de aquel proyecto, que comenzó con la iniciativa de un grupo de padres, Durand regresó para celebrar los 40 años y encontrarse nuevamente con los protagonistas de aquella historia.

“El Taller es de toda la comunidad”

Su mensaje final fue, fundamentalmente, de agradecimiento y reconocimiento.

A quienes integraron las distintas comisiones, a los colaboradores, a las familias, a las instituciones y, especialmente, a los operarios que dieron sentido al proyecto desde sus comienzos.

Con la emoción propia de quien dedicó casi tres décadas de su vida a la institución, Mónica Durand volvió a encontrarse con ese espacio que acompañó buena parte de su trayectoria.

Y su mensaje dejó una idea que atraviesa toda la historia del Taller Protegido: los 40 años no son solamente la celebración de una institución, sino el resultado de una construcción colectiva en la que cada persona que pasó por ella dejó una parte de sí.