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María Miculic de Fernández: 60 años de trabajo comercial, una vida dedicada al supermercado y a la solidaridad

A sus 83 años, María Miculic de Fernández sigue recorriendo las góndolas, conversando con los clientes y estando presente en Supermercados El Mirador, el comercio familiar que este mes cumple 60 años de trayectoria en Coronel Suárez. Para ella, el supermercado es mucho más que un negocio: es el lugar donde transcurrió gran parte de su vida, donde construyó vínculos, acompañó el crecimiento de su familia y aprendió que cada etapa exige esfuerzo, compromiso y capacidad para adaptarse.

Este recorrido también tiene un reconocimiento especial: María fue nominada a los Premios FEBA Mujer Empresaria, en el rubro Responsabilidad Social Empresarial, una distinción impulsada a partir de la propuesta de la Cámara de Comercio local. La nominación pone en valor no solo su trayectoria como comerciante, sino también una forma de entender el trabajo ligada a la colaboración con instituciones y personas de la comunidad.

En una entrevista en los estudios de la Radio, María repasó parte de su historia, los cambios que atravesó el comercio suarense y las razones por las que, todavía hoy, no imagina sus días lejos del supermercado.

“Sesenta años de mi vida dedicada al comercio”, resumió al comenzar la charla.

De los primeros vagones al supermercado en el centro

La historia de El Mirador no comenzó en el local que hoy conocen sus clientes. Los primeros pasos fueron mucho más modestos, en un galpón donde había un vagón de alfalfa, otro de carbón y otro de leña, que llegaban por ferrocarril.

Con la ayuda de su padre, María empezó a trabajar y, poco a poco, el emprendimiento fue creciendo. Después llegó el alquiler de un local en una esquina, y más adelante otro espacio comercial sobre calle Alberdi. El camión de su marido también fue una herramienta importante para trasladar mercadería y facilitar el abastecimiento.

La expansión continuó hasta llegar al local de la zona céntrica, en la esquina de Brandsen y Avellaneda. Con el tiempo, la familia fue incorporando los edificios vecinos y ampliando el espacio del supermercado.

“De a poquito íbamos comprando los edificios que había siguiendo”, recordó.

Eran otros tiempos, con menos competencia, una ciudad diferente y formas de hacer negocios basadas en la confianza. María recordó que muchos acuerdos se concretaban de palabra y que el acceso al crédito permitía avanzar con nuevos proyectos. Sin embargo, aclaró que nada fue sencillo ni regalado: el crecimiento estuvo sostenido por años de trabajo, sacrificio y el acompañamiento financiero cuando era posible.

Su marido también fue una pieza fundamental en aquella etapa inicial. Tras su fallecimiento, María continuó al frente del negocio con el respaldo de sus hijos, sosteniendo una historia que se fue construyendo a lo largo de generaciones.

“Mi vida fue el negocio”

Aunque hoy sus hijas le insisten en que descanse y se quede en su casa, María sigue encontrando motivos para acercarse al supermercado. No necesariamente porque deba ocuparse de cada tarea, sino porque estar allí forma parte de su identidad.

“¿A qué voy a quedarme yo en mi casa? Mi vida fue el negocio, me gusta hablar con la gente”, contó.

En esa presencia cotidiana aparece uno de los rasgos que marcaron la trayectoria de El Mirador: el vínculo cercano con los clientes. Muchos la conocen desde hace décadas y, con algunos, comparte conversaciones sobre la vida, los recuerdos y también las dificultades propias de la edad.

“Todos nos conocemos en Suárez”, señaló. Algunos clientes la acompañan desde los primeros años del comercio; otros, incluso, tienen una edad similar a la suya. Es una relación que excede la compra y la venta y que se fue consolidando con el paso del tiempo.

A sus 83 años, María sigue disfrutando de ese contacto directo. Sus hijas le dicen que ya es momento de retirarse, pero ella lo vive de otra manera: “Yo tengo que estar. La presencia mía, no tanto el trabajo”.

Una empresa familiar que continúa y se adapta

Hoy la conducción cotidiana se reparte entre sus hijos. Carolina está vinculada al local de ropa y bazar, Lourdes trabaja en el supermercado y José se dedica principalmente al campo, aunque también colabora con el negocio.

“Entre todos luchamos”, resumió María al describir el funcionamiento familiar.

La participación de sus hijos permitió que el emprendimiento continuara a través de distintas etapas económicas y comerciales. También los nietos forman parte de su orgullo: son siete y, según contó con alegría, están estudiando o desarrollando sus propios caminos.

La continuidad familiar no significa que todo permanezca igual. María recordó los cambios que debieron afrontar con el paso de los años, desde la incorporación de nuevos rubros hasta la decisión de dejar de elaborar determinados productos de pastelería por el crecimiento de la competencia.

Durante una época, por ejemplo, para el Día de la Madre llegaban a preparar alrededor de cien postres. Hoy ese trabajo se redujo porque hay más comercios y también particulares que ofrecen productos similares desde sus casas.

“Todos tienen derecho a trabajar”, reconoció, con una mirada que combina la experiencia de décadas en el rubro con la aceptación de las nuevas realidades.

Los desafíos del comercio en la actualidad

Al comparar el presente con los primeros años de El Mirador, María consideró que las condiciones actuales son mucho más complejas. A la competencia se suman las exigencias administrativas, la cantidad de trámites y los cambios en los hábitos de consumo.

También señaló que las dificultades económicas afectan tanto a comerciantes como a clientes. Las compras con tarjeta y los pagos en cuotas se volvieron cada vez más frecuentes, en un contexto en el que muchas familias tienen que administrar cuidadosamente sus ingresos.

“Está complicado para el comerciante, para el cliente, para el trabajador”, expresó.

El supermercado llegó a tener alrededor de 30 empleados y actualmente cuenta con unos diez. María recuerda esa reducción como parte de las transformaciones que tuvo que atravesar el negocio, aunque destaca el compañerismo y la colaboración de quienes siguen trabajando allí.

A pesar de las dificultades, la familia continúa apostando por el comercio y por mantener una relación cercana con sus clientes. Para María, la clave sigue siendo trabajar, cuidar los vínculos y adaptarse sin perder la esencia que acompañó a El Mirador desde sus comienzos.

La solidaridad como parte de la vida cotidiana

La nominación a los Premios FEBA Mujer Empresaria en el rubro Responsabilidad Social Empresarial reconoce otra dimensión de su trayectoria: la colaboración con instituciones y personas de Coronel Suárez.

María mencionó entre las entidades a las que acompañan al Centro de Día, el Hogar de Ancianos y el Taller Protegido. En este último caso, recordó especialmente las tortas que prepara para los cumpleaños, una manera de compartir su trabajo y brindar un momento de alegría.

Según contó, muchas de estas colaboraciones se realizan sin buscar difusión ni reconocimiento. Surgen de manera espontánea, a partir de los pedidos que llegan o de las necesidades que conocen, y cuentan con el acompañamiento de sus hijos.

“Son todas cosas que nacen de uno”, explicó.

Por eso, cuando recibió un ramo de flores como reconocimiento en el Taller Protegido, se sorprendió. No entendía por qué le hacían ese regalo, hasta que le recordaron que siempre estaba dispuesta a ayudar.

La nominación de la Cámara de Comercio la tomó con una sorpresa similar. María agradeció la distinción y recordó que años atrás había sido elegida Mujer del Año por la Liga de Madres, en el marco del 8 de marzo. Más allá del resultado final de los premios provinciales, valoró que se reconozca una trayectoria construida a lo largo de tantos años.

Una historia que sigue en marcha

Cuando mira hacia atrás, María no duda de que volvería a elegir el comercio. Su padre era comerciante y ella continuó esa tradición, sin imaginar otro camino para su vida.

Hoy, con seis décadas de trabajo a sus espaldas, su historia está ligada a la de Coronel Suárez y a la de muchas familias que encontraron en El Mirador un lugar habitual de compra y encuentro.

También encuentra satisfacción en los momentos compartidos con sus hijos y nietos. Al cumplir 80 años, decidió que no quería una fiesta tradicional y los llevó a todos a un crucero. Recuerda con alegría cuánto disfrutaron aquella experiencia y cómo todavía le preguntan cuándo volverán a viajar juntos.

Ese costado familiar resume buena parte de su recorrido: el esfuerzo cotidiano tuvo como compañía a sus seres queridos y se transformó en una historia compartida.

Este mes, mientras Supermercados El Mirador celebra sus 60 años, María continúa acercándose al negocio porque allí sigue encontrando su lugar. La nominación a los Premios FEBA es una nueva distinción en ese camino, pero su mayor reconocimiento parece estar en los vínculos construidos, en la familia que continúa la tarea y en una comunidad que la conoce desde hace décadas.

A los 83 años, María Miculic de Fernández sigue activa, recorre las góndolas, colabora en la caja, convencida de que todavía hay motivos para levantarse cada día y trabajar, como ayer, como hace 60 años.