17/08/2020CIUDAD

Malvinas. Por Rubén Brodsky.

El Rancho. Tercera parte. La cocina de combate.

Esta narración la publiqué no hace mucho pero quisiera poner énfasis en algunos cuestiones, especialmente lo que significó la relación entre la comida y nosotros o al revés.

Podría haber sido un hecho menor verlas pasar de un lado para el otro con los respectivos camiones transportándolas si no hubiera sido por otro hecho no menor que era la guerra encima de ellas.

Ver aparecer a los Unimog con la cocina atrás nos generaba alegría, porque nunca estábamos seguros si podrían pasar a través del bombardeo o de los caminos o por las lluvias.

Qué significaba "La Morocha", el rancho para nosotros los soldados.?

Pasó a ser un factor equilibrante dentro de las múltiples necesidades, fue la mayor prioridad por encima del frío, la lluvia, las ropas empapadas y la misma guerra.

Significaba agarrar los utensilios de campaña e iniciar el rito de hoy como; calentarse las manos, la cara y por supuesto el estómago al que lo teníamos abandonado.

Pero no era tan sencillo acercarse a la cocina de campaña.

En más de una oportunidad hasta fue jugarse el todo por el todo, si se quería comer. Pero sabíamos que era eso y comer o nada.

El bombardeo continuo, la amenaza de alerta roja y el deterioro del terreno no hacían más que dificultar su llegada. Por no mencionar aquellos que se encontraban lejos de la cocina y tenían que bajar de los cerros sin mirar lo que estaba ocurriendo al lado de ellos.

 Se agregaba la inclemencia climática que también complicaba el acceso a la alimentación. Pero con el tiempo todo eso pasó a ser un dato menor, porque había que comer y no importaba lo que pasara.

El hecho puntual que pasara a ser un dato menor está dando una idea clara del valor que le dimos a comer.Y como fue privilegiado por encima del resto de las dificultades, como fue dicho.

La llegada del rancho era para los soldados un enlace con la vida, así como una desconexión con la guerra.

Antes del primero de mayo el rancho fue abundante, dos veces por día, más el mate cocido con pan y hasta alguna fruta. La famosa cola detrás de la cocina permitía confraternizar e intercambiar opiniones como en una suerte de bar de encuentros de amigos.

Luego hubo un cambio abrupto y cruel. Empeoró la preparación del alimento, en su cantidad y calidad. Los abundantes guisos y locros comenzaron a transformarse en caldos con algún pedazo de carne que a veces nos tocaba.

Las frutas y el pan desaparecieron y en el desayuno había mate cocido para calentar las tripas.Y no siempre llegaba.

Confraternizar fue un hecho necesario y espontáneo que todos buscábamos. Necesitábamos saber del otro, de sus noticias del continente, de su información extraoficial de como iban las cosas (siempre había alguno que sabía "cosas"). Nos juntábamos y nos reíamos e intercambiábamos algún diario o revista.

En más de una oportunidad nos contábamos las mejoras que le habíamos hecho a nuestra posición que podía servirle al otro.

Hubiera venido muy bien un cafecito calentito, como decíamos, para esperar nuestro turno del cucharón y "su pesca dentro del cilindro" o de la cocina misma.

Zapateando para entrar en calor o frotando nuestros guantes destruídos hacíamos tiempo hasta que llegaba nuestro turno, luego de colas interminables.

Y en esas colas interminables en más de una oportunidad estaba nuestro jefe, el Tte. Coronel Seineldín. 

Como comenté en alguna oporturnidad, supo volcar su plato de comida dentro del cilindro cuando veía que  le servían distinta cantidad o calidad que a nosotros para pedir LO MISMO.