HOYCIUDAD

Cuando el viento escribe en las veredas

Las ráfagas de ayer —intensas, decididas, por momentos casi indomables— superaron los 80 km/h y dejaron su huella en cada rincón de la ciudad. No fue solo viento: fue una especie de voz que recorrió las calles, sacudió las copas de los árboles y desató una lluvia de hojas que hoy tapizan veredas, plazas y esquinas.

Amanece y el paisaje es otro. Las hojas, antes suspendidas en su último equilibrio, ahora descansan sobre el suelo como cartas abiertas, como fragmentos de una estación que empieza a despedirse. Hay algo de belleza en ese desorden, en ese crujir suave bajo los pasos, en ese ocre que tiñe la ciudad con una nostalgia serena.

Pero la vida sigue su ritmo cotidiano. Algunos, escoba en mano, comienzan a borrar ese registro que dejó el viento, a despejar patios y veredas, a devolverle al orden lo que la naturaleza desacomodó en una noche. Y en ese gesto simple, casi ritual, también hay poesía: la de recomenzar.

Porque el otoño trae consigo esa invitación silenciosa. A soltar, a dejar caer, a vaciarse de a poco. Las ramas, lentamente, van quedando desnudas —o quizás, más honestas— preparándose para el descanso profundo del invierno. No es un final, sino una pausa necesaria, un susurro de lo que vendrá.

Mientras tanto, la ciudad respira entre hojas caídas y escobas en movimiento. Y el viento, que ya pasó, deja flotando en el aire la certeza de que todo vuelve a empezar.