24/03/2017 • CIUDAD
Como se pide. Por Julio Zaballa.
1976 - 24 de marzo - 2017. Junto a cada hombre que milita hay una mujer imprescindible.
Por años, en esta fatídica fecha para organizaciones gremiales y muchos compañeros dirigentes sindicales Suarenses, escribí sobre lo sucedido en nuestra ciudad y me pregunté, sin respuesta en más de diez años, ¿por qué aquí en Coronel Suárez?
Hoy quiero rendir homenaje y exaltar por intermedio de Lidia Meier, mi esposa, a Ester Walter de Luongo, Marisa Martín de Serna, Máxima Robeha de Erdozain, Norma H. Kaufmann de Gregorini, Luisa Pérez de Vaccaroni y otras esposas de dirigentes encarcelados o desaparecidos por el solo delito de defender los intereses de los trabajadores.
Si bien con Lidia iniciamos nuestro amor hace cincuenta y siete años, cuando yo tenía 17 años y ella 14, supo que mi relación con lo social, que inicié a los 18 años en Luz y Fuerza, no sería motivo para que no sostuviera en el tiempo esa llama de amor que siempre me dispensó, muchas veces inmerecidamente pues la expuse a consecuencias imprevisibles para ella que aceptó y sobrellevó.
Pensar que una joven recién casada, con 22 años de edad, con una hija recién nacida, acepte que su esposo, con 25 años, asuma un cargo en la Federación de Luz y Fuerza en Capital Federal, viaje de lunes a viernes durante cuatro años, para seguir su vocación militante en Luz y Fuerza, no le habrá sido fácil. Sin embargo lo hizo con responsabilidad y amor.
Un fuerte sentimiento de amor y lealtad pudo alentarla a aceptar que a sus 27 años y con 9 de casados yo emprendiera con otros compañeros la aventura de fundar una farmacia sindical o la obra social para jubilados y pensionados, con todas las dificultades existentes en esos años, 1973 – 1976, cuyas impotencias y anhelos los traía a la mesa familiar pues necesitaba – indefectiblemente - su apoyo y aceptación, otorgado ello sin saber Lidia de qué se trataba o qué sentimiento nos alentaba. Reconozco que muchas veces no me dio su aprobación y la sometí a seguir mi vocación aun sin saber los resultados de la lucha que emprendíamos.
¿Cómo pudo soportar y entender en sus 27 años el día que llegué a casa para anunciarle que me iba en la noche a Buenos Aires, a solo tres meses de asumir la democracia en 1973, para intentar detener el remate del Molino San José con todo el riesgo que ello encerraba y las horas de angustia que debió soportar hasta mi regreso? Claro, ya había pasado por mucho de esto cuando con Antonio Genaro Serna, José Luis Erdozain, Rubén Oscar Luongo en huelgas de la CGT en 1972 salíamos en pleno gobierno militar a pegar carteles durante la madrugada para que no nos viera la Policía. O en los Corsos en Pueblo Santa María, disfrazados tirando volantes entre la gente. Ya había pasado por esas angustias.
No debe haber sido fácil asumir que en septiembre de 1976, con la ayuda de mis hermanos, debamos alejarnos de la ciudad por las persecuciones que yo recibía de parte del proceso cívico militar.
Padecer que en noviembre de 1976 fuéramos desalojados de la Farmacia Sindical y la Obra social de Jubilados, luego de tanto sacrificio realizado del que ella fue testigo y protagonista. Protagonista toda vez que al llegar a casa con las frustraciones que cada emprendimiento ocasiona ella siempre encontró la forma de elevar, una y otra vez, mi autoestima para continuar la lucha.
¿Cómo superar que fuera entre 1976 a 1979 convocado a la Comisaría para prestar declaración por denuncias que se hacían sobre supuestas reuniones en las que participaba, convocándome a las 22 horas y prolongando el interrogatorio hasta la 2 o 3 de la madrugada, encontrándola despierta, con nuestra hija Silvia dormida en sus brazos sin emitir ningún reproche? Soportó el hostigamiento que el Diario local me hizo desde 1970 en adelante, justamente por lo que luego hicimos durante toda la vida. Hostigamiento que se sumaba a los llamados telefónicos anónimos que me anunciaban el linchamiento en el Puente Grande. Cuánto miedo habrá tenido que superar en esos momentos.
Tanto Lidia como Ester Luongo, nuestra hija Silvia y Martita Luongo aguantaron con la firmeza propia de mujeres que tenían bien claro la misión de sus esposos o padres, los días que con Rubén Oscar Luongo estuvimos detenidos en febrero de 1977 por la huelga de Luz y Fuerza, sumado a lo que luego sobrevino con la amenaza de la empresa de dejarnos cesantes si continuábamos en nuestra lucha. Explicarles a Silvia y a Martita que sus padres no estaban presos por delincuentes, sino por defender los derechos del trabajador, no debe haber sido tarea fácil.
Le habrá resultado difícil entender a Lidia aquel día de 1981 cuando a pesar de haberle prometido de que no intervendría en nada que pusiera en riesgo nuestra tranquilidad, que Raúl Ernesto Schileref y Carlos Canes, Jorge Baleman en representación de los beneficiarios del Barrio Mercantil, me pidieron que interviniera para detener el remate de sus futuras viviendas. Su angustia duró más de cuatro horas hasta que volvimos de esa patriada barrial con el apoyo de muchos trabajadores. Pedernera le había ordenado al Comisario y este le trasmitió a Carlín Bucetto que si cantaba la marcha Peronista me meterían preso.
Así muchas otras y cuando ya parecía que había llegado la tranquilidad, puesto que juntos manejábamos nuestra pequeña fábrica – Zaballa Alegorías –, en 1991 le informo que Rubén Luongo en nombre del Intendente Wagner me pedía que asumiera nuevamente en el Ministerio de Trabajo, ya que el Dr. Rodolfo Frers le había informado al Intendente que se llevaban a Pigüé el organismo si no se ocupaba el puesto. Le manifesté que si aceptaba debería asumir la atención total del negocio mientras cumplía funciones. Lo aceptó y luego en el tiempo pasó a superarse en forma tal que Zaballa Alegorías no era Julio sino Lidia. Luego vendrían muchas otras angustias hasta mis 67 años en que me jubilé en el Ministerio y pasó a vivir algo más tranquila.
Reitero mi homenaje a todas y cada una de las mujeres, esposas de dirigentes sindicales que durante este periodo deleznable para nuestra Patria contuvieron a sus esposos militantes, convirtiéndose ellas mismas en forzadas y esforzadas luchadoras anónimas.
Y por último y una vez más pregunto ¿por qué aquí en Coronel Suárez?
Gracias.
Julio Zaballa - DNI 5.492.952
Hoy quiero rendir homenaje y exaltar por intermedio de Lidia Meier, mi esposa, a Ester Walter de Luongo, Marisa Martín de Serna, Máxima Robeha de Erdozain, Norma H. Kaufmann de Gregorini, Luisa Pérez de Vaccaroni y otras esposas de dirigentes encarcelados o desaparecidos por el solo delito de defender los intereses de los trabajadores.
Si bien con Lidia iniciamos nuestro amor hace cincuenta y siete años, cuando yo tenía 17 años y ella 14, supo que mi relación con lo social, que inicié a los 18 años en Luz y Fuerza, no sería motivo para que no sostuviera en el tiempo esa llama de amor que siempre me dispensó, muchas veces inmerecidamente pues la expuse a consecuencias imprevisibles para ella que aceptó y sobrellevó.
Pensar que una joven recién casada, con 22 años de edad, con una hija recién nacida, acepte que su esposo, con 25 años, asuma un cargo en la Federación de Luz y Fuerza en Capital Federal, viaje de lunes a viernes durante cuatro años, para seguir su vocación militante en Luz y Fuerza, no le habrá sido fácil. Sin embargo lo hizo con responsabilidad y amor.
Un fuerte sentimiento de amor y lealtad pudo alentarla a aceptar que a sus 27 años y con 9 de casados yo emprendiera con otros compañeros la aventura de fundar una farmacia sindical o la obra social para jubilados y pensionados, con todas las dificultades existentes en esos años, 1973 – 1976, cuyas impotencias y anhelos los traía a la mesa familiar pues necesitaba – indefectiblemente - su apoyo y aceptación, otorgado ello sin saber Lidia de qué se trataba o qué sentimiento nos alentaba. Reconozco que muchas veces no me dio su aprobación y la sometí a seguir mi vocación aun sin saber los resultados de la lucha que emprendíamos.
¿Cómo pudo soportar y entender en sus 27 años el día que llegué a casa para anunciarle que me iba en la noche a Buenos Aires, a solo tres meses de asumir la democracia en 1973, para intentar detener el remate del Molino San José con todo el riesgo que ello encerraba y las horas de angustia que debió soportar hasta mi regreso? Claro, ya había pasado por mucho de esto cuando con Antonio Genaro Serna, José Luis Erdozain, Rubén Oscar Luongo en huelgas de la CGT en 1972 salíamos en pleno gobierno militar a pegar carteles durante la madrugada para que no nos viera la Policía. O en los Corsos en Pueblo Santa María, disfrazados tirando volantes entre la gente. Ya había pasado por esas angustias.
No debe haber sido fácil asumir que en septiembre de 1976, con la ayuda de mis hermanos, debamos alejarnos de la ciudad por las persecuciones que yo recibía de parte del proceso cívico militar.
Padecer que en noviembre de 1976 fuéramos desalojados de la Farmacia Sindical y la Obra social de Jubilados, luego de tanto sacrificio realizado del que ella fue testigo y protagonista. Protagonista toda vez que al llegar a casa con las frustraciones que cada emprendimiento ocasiona ella siempre encontró la forma de elevar, una y otra vez, mi autoestima para continuar la lucha.
¿Cómo superar que fuera entre 1976 a 1979 convocado a la Comisaría para prestar declaración por denuncias que se hacían sobre supuestas reuniones en las que participaba, convocándome a las 22 horas y prolongando el interrogatorio hasta la 2 o 3 de la madrugada, encontrándola despierta, con nuestra hija Silvia dormida en sus brazos sin emitir ningún reproche? Soportó el hostigamiento que el Diario local me hizo desde 1970 en adelante, justamente por lo que luego hicimos durante toda la vida. Hostigamiento que se sumaba a los llamados telefónicos anónimos que me anunciaban el linchamiento en el Puente Grande. Cuánto miedo habrá tenido que superar en esos momentos.
Tanto Lidia como Ester Luongo, nuestra hija Silvia y Martita Luongo aguantaron con la firmeza propia de mujeres que tenían bien claro la misión de sus esposos o padres, los días que con Rubén Oscar Luongo estuvimos detenidos en febrero de 1977 por la huelga de Luz y Fuerza, sumado a lo que luego sobrevino con la amenaza de la empresa de dejarnos cesantes si continuábamos en nuestra lucha. Explicarles a Silvia y a Martita que sus padres no estaban presos por delincuentes, sino por defender los derechos del trabajador, no debe haber sido tarea fácil.
Le habrá resultado difícil entender a Lidia aquel día de 1981 cuando a pesar de haberle prometido de que no intervendría en nada que pusiera en riesgo nuestra tranquilidad, que Raúl Ernesto Schileref y Carlos Canes, Jorge Baleman en representación de los beneficiarios del Barrio Mercantil, me pidieron que interviniera para detener el remate de sus futuras viviendas. Su angustia duró más de cuatro horas hasta que volvimos de esa patriada barrial con el apoyo de muchos trabajadores. Pedernera le había ordenado al Comisario y este le trasmitió a Carlín Bucetto que si cantaba la marcha Peronista me meterían preso.
Así muchas otras y cuando ya parecía que había llegado la tranquilidad, puesto que juntos manejábamos nuestra pequeña fábrica – Zaballa Alegorías –, en 1991 le informo que Rubén Luongo en nombre del Intendente Wagner me pedía que asumiera nuevamente en el Ministerio de Trabajo, ya que el Dr. Rodolfo Frers le había informado al Intendente que se llevaban a Pigüé el organismo si no se ocupaba el puesto. Le manifesté que si aceptaba debería asumir la atención total del negocio mientras cumplía funciones. Lo aceptó y luego en el tiempo pasó a superarse en forma tal que Zaballa Alegorías no era Julio sino Lidia. Luego vendrían muchas otras angustias hasta mis 67 años en que me jubilé en el Ministerio y pasó a vivir algo más tranquila.
Reitero mi homenaje a todas y cada una de las mujeres, esposas de dirigentes sindicales que durante este periodo deleznable para nuestra Patria contuvieron a sus esposos militantes, convirtiéndose ellas mismas en forzadas y esforzadas luchadoras anónimas.
Y por último y una vez más pregunto ¿por qué aquí en Coronel Suárez?
Gracias.
Julio Zaballa - DNI 5.492.952
13.8 °C •

