03/09/2020RELIGION

“Construyamos la civilización del amor, que venza al odio que nos quiere destruir y separar”.

Esta es la invitación que formuló el Padre Vicente Martínez, en diálogo con La Nueva Radio Suárez.

Varias veces ha estado en esta “ciudad malvinera”, como el sacerdote llama a Coronel Suárez. A esta tierra lo une la amistad que tiene con los ex Combatientes de Malvinas de nuestra ciudad. 

En sus visitas ha dado charlas, todas referidas a la Guerra de Malvinas, y los signos de milagros y de protección de la Virgen que se vivieron en medio del conflicto en el que estuvo como sacerdote, desde su principio y hasta el final.

El 30 de agosto el Padre Vicente Martínez Torrens cumplió 50 años de vida sacerdotal. Vive y cumple con su tarea religiosa en General Roca, Provincia de Río Negro.

Siempre es un gusto escuchar lo que este sacerdote tiene para decir. 

Con la mansedumbre que lo caracteriza, el Padre Vicente Martínez dice que no le falta cumplir nada para estar satisfecho de la vida. 

“Estoy en manos del Señor, muy satisfecho y muy contento. En mi vida han pasado seis Papas, 29 Presidentes de la Nación –sin aquellos otros temporarios o interinos-, un Concilio Ecuménico, vi crecer espiritualmente la Patagonia, porque de joven, en la acción católica, nosotros teníamos la Diócesis de Viedma, que abarbaba toda la Patagonia, a excepción de Neuquén. También pasé por la única guerra del siglo XX que hubo en Argentina (la de Malvinas); entonces, ¿qué más me puede pasar?, ¿qué más puedo esperar? Estoy muy contento, muy satisfecho”.

Agrega que “como sacerdote me siento realizado. Había un dicho que el hombre se realizaba plantando un árbol, escribiendo un libro y teniendo un hijo. En tiempos de juventud, con los grupos juveniles de acá, llevábamos a cabo hacíamos misiones al sur de la provincia e hicimos una forestación en una parte desértica, en donde todos los años había que llevarles leña. Hicimos toda una forestación de miles de plantas, que lograron hacerse bosques y, con la poda, la gente lograba satisfacer esas carencias. Así que planté más de un árbol”.

En cuanto a escribir un libro, el Padre Vicente Martínez dice que “tengo 9 escritos, de diferentes temas y tamaños. E hijos, si miro como Pablo, que decía ‘este lo engendré…’, en referencia al renacimiento en el espíritu, en el bautismo, tengo varios millares también de bautizados. Diecisiete de ellos como ahijados. Creo que esto resume un poco en torno a cómo estoy y cómo me siento en estos 50 años de sacerdote”.

La cuarentena, expresa, que no lo asusta. “Lo que dice el hombre de barrio, de calle, el hombre de a pie. Hay que cuidarse, pero no asustarse. El pánico es lo peor que puede haber para quitar las defensas de la persona. Uno se debilita mentalmente, y sabemos que muchas de las enfermedades son psicosomáticas”.

En otras entrevistas con el Padre Vicente Martínez hemos hablado sobre su tarea como sacerdote en Malvinas, y sobre todos los signos de cuidado de la Virgen, en diferentes momentos de la guerra. Pero nunca le habíamos preguntado sobre cómo fueron los últimos días, los últimos momentos, previos a la rendición y después: “por suerte fueron momentos cortos”, dice como respuesta. “Teníamos una ventaja, si bien el otro tenía tecnología y tenía presiones, nosotros estábamos muy satisfechos de cómo se estaba luchando, del coraje de los soldados, el ímpetu, el patriotismo que le ponían. A mí me sorprendió, a minutos del alto al fuego, cuando por la red de comunicación nos dijeron: ‘a las 15 horas, alerta blanca’, que era alto al fuego. Me fui a verlo al Jefe del Regimiento, le dije sobre el mensaje, me dijo: ‘los esperábamos por el jardín y nos entraron por el gallinero’, en referencia a que habían entrado por la retaguardia, por el Canal San Carlos, cuando los esperábamos en Puerto Argentino”.

Cuenta que le preguntó al Jefe del Regimiento cuál era el papel del capellán voluntario, frente a esta nueva situación, le dijo que “tome todos los heridos, sáquelos de alguna manera, llévelos al continente, cuide de ellos, usted sigue en servicio, en misión. A eso fue a lo que me aboqué. Me vine con el buque Almirante Irízar y 450 heridos. Pero con una espina muy grande: yo había trasladado, habíamos llevado en procesión, dos imágenes de la Virgen de distinta advocación. Una la Virgen de Fátima, que nos habían mandado desde el lugar de las apariciones, en Fátima, en Portugal. Esa la tenía yo a casi 20 kms., en el faro del Cabo San Felipe. Y la otra, la Virgen de Luján, que la habíamos llevado por las trincheras, el 8 de mayo le habíamos hecho la fiesta y había presidido varias misas, sobre todo en la península del aeropuerto. Esa quedó en la iglesia parroquial de Puerto Argentino. Me dolía dejarlas, abandonarlas. Pero no había otra opción. La imagen viva, que eran los heridos, era mucho más importante que las estatuas. Me quedé con eso”.

Pero aquí viene “otras de las satisfacciones”, que ha cosechado como sacerdote. Porque “el año pasado, el 30 de noviembre, estuve en Roma y fui porque allí, con la mediación del Papa Francisco, Inglaterra nos devolvió la imagen de la Virgen de Luján, que ellos se habían llevado a Inglaterra. Fue una gran emoción poder reconocer, hacerme de vuelta con esa imagen, traerla al país. Esa imagen la fuimos llevando por todos los centros de veteranos vecinos a General Roca y Neuquén. Y así, como en Malvinas la Virgen me premió con varios gestos maternales, me dio un poco de vergüenza que tantos sobrinos nietos míos sabían manejar las selfies y yo no, nunca había sacado una selfie. Así que me saqué una con la Virgen, que la tenía sentada en una butaca (del avión que la traía de regreso). Pensando que, si sale mal, nadie se iba a burlar. Y me llevé una grandísima sorpresa, cuando después miro la selfie y veo que los ojos de la Virgen me están mirando, están mirando la cámara, como poniéndose en pose. Fue espectacular, anonado, como se quedan todos los que miran esa foto”.

Recuerda que su amigo y ex Combatiente, Rubén Brodsky, “en uno de sus viajes posteriores a Malvinas, encontró una botellita con agua bendita, de aquellos tiempos, metida en la grieta de una roca. Estaba intacta y todavía con algo de agua bendita dentro. Él mismo es testigo de cuántas veces la Virgen nos ha protegido en los desplazamientos que teníamos”.

En el cierre de la entrevista, el Padre Vicente Martínez dice que “si reconocemos en María una madre, no nos olvidemos que entre nosotros somos hermanos. Tenemos que querernos como hermanos, apoyarnos como hermanos, ser solidarios como hermanos. Y no aflojarle en estos tiempos, en que el hecho de estar mucho tiempo encerrados corre el riesgo de aislarnos y perder lo tan propio del hombre, que es ser de relación. Necesitamos de los demás, hasta para nacer. Entonces, seamos solidarios, y no caer en esas ideologías que nos están llegando desde afuera. Tiene poder el que instrumentaliza el odio, el que hace poner al obrero contra el patrón, a los negros contra los blancos, al pobre contra el rico, el intelectual que se aprovecha del analfabeto. Nosotros tenemos el poder en lo opuesto, el poder del amor. El amor es más fuerte, incluso que la muerte. Este quedó demostrado en Jesús. Tenemos que reduplicar nuestra confianza, nuestra fe en hacer una civilización del amor. Así vamos a ir superando el odio y las divisiones”.